El fútbol se tiñó de rojo
Esta tragedia no fue solo una "nota roja"; fue un alumno que no llegó a clases, es un hijo que no volverá a ver a su padre, es una madre que no encuentra consuelo y una hermana que con las manos tibias pintadas de rojo recibió el último suspiro de su amado cómplice.
LA VOZ DE JALISCOPRIMERA PLANATEMAS SOCIALES
Mónica Calles Miramontes
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El fútbol se tiñó de rojo
Hace veinte años, vivir en Guanajuato significaba vivir en paz. Se contabilizaban 214 homicidios al año. Esta estadística se comparaba con la de países desarrollados. Hoy, esa tranquilidad es solo un recuerdo que se desvanece entre la tragedia de vivir cada día en el fuego cruzado.
Las estadísticas marcan un punto de quiebre entre 2014 y 2018, las cuales llegaron a niveles catastróficos bajo la administración federal pasada y la actual.
Las cifras no son solo números, es miedo y dolor: pasamos de esos 214 a un récord histórico de 4,490 homicidios en 2020. Hoy, tres de nuestras ciudades son catalogadas como las más peligrosas del mundo.
Guanajuato es el centro de una guerra entre cárteles que se disputan el territorio y las tomas clandestinas de “huachicol”, delitos federales que han rebasado a las autoridades de todos los niveles.
Hace apenas una semana, a plena luz del día, en un campo de fútbol, un comando armado llegó para abrir fuego a los asistentes. De un momento a otro la música, porras y risas pasaron a gritos de angustia y vidas que se extinguían en un instante.
Esta tragedia no fue solo una "nota roja"; fue un alumno que no llegó a clases, es un hijo que no volverá a ver a su padre, es una madre que no encuentra consuelo y una hermana que con las manos tibias pintadas de rojo recibió el último suspiro de su amado cómplice.
Ese dolor es el resultado de un Estado que ha perdido el control. Es lo que queda cuando las autoridades miran hacia otro lado mientras ciudades enteras viven secuestradas por el miedo.
Como mexicana me niego a aceptar esto como nuestra "nueva realidad". Me niego a ver un México donde una masacre de esta magnitud se responda con excusas o con la indolencia del silencio.
Sin embargo, también hay que señalar otra realidad: como sociedad algo estamos haciendo muy mal. Hoy un político en un restaurante causa más indignación y ruido que el dolor de una masacre.
Si queremos que esto cambie, debemos dejar de normalizar la tragedia. Resignarnos y adaptarnos es firmar nuestra condena a vivir entre el miedo y la indiferencia.
Y a las autoridades: tendrán que entender el clamor social. Su trabajo no es dar excusas, es dar resultados. El silencio no es una opción, es complicidad. Guanajuato era un lugar seguro; no aceptamos su incompetencia como nuestro destino.
